«UN SER VIVIENTE»

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La vida física es algo que ha recibido  cada individuo. No  es eterna ni inmortal, pues la toma  de nuevo Dios, el Dador de la vida. El hombre no tiene control sobre su vida. Pero la vida de Cristo  no era prestada. Nadie puede  arrebatarle esa vida. «Yo de mí mismo la pongo», dijo. «En él estaba la vida»: original, no prestada, no derivada de otro. Esa vida no es inherente al hombre. Solo puede  poseerla por medio de Cristo. No puede ganarla; le es dada como una dádiva gratuita si quiere creer en Cristo  como  su Salvador personal. «Esta es la vida eterna: que te conozcan  a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien  has enviado» (Juan  17:3). Esta es la fuente  de vida abierta para el mundo  ( Comentarios de Elena G. de Whice en Comentario bíblico adventista, t.  5, p.  1104).

En  la  creación  del hombre  resulta  manifiesta la intervención  de un Dios personal. Cuando Dios hubo hecho  al hombre a su imagen, el cuerpo humano  quedó  perfecto en su forma y organización,  pero estaba  aún sin vida. Después, el Dios  personal y existente de por  sí infundió en aquella forma el soplo de vida, y el hombre  vino  a ser criatura  viva e inteligente. Todas las partes del organismo  hunano  fueron  puestas en acción. El corazón, las  arterias, las venas, la lengua,  las manos, los pies, los sentidos, las faculcades del espíritu,  codo ello empezó  a funcionar, y todo  quedó  sometido  a una ley.  El hombre  fue hecho  alma viviente.  Por medio  de Cristo el Verbo, el Dios personal  creó al hombre,  y lo dotó de inteligencia y de faculcades (El ministerio de curación, pp. 322, 323 ).

Mediante  el Dador  de la vida, el alma es capaz de vivir por  las edades eternas, y el hombre  debe ejercer un cuidado  especial por el alma que Cristo compró con su propia sangre… Si el valor de su alma no ha sido apreciado, si los atrios de su templo han sido [profanados] por compradores y vendedores al entregarla a la dirección  y morada interior  de Satanás en pensamientos o sentimientos, le ruego con profunda  seriedad que no se demore en acudir a Dios en sincera oración, sin un momento  de especulación ni vacilación, para decirle: «Oh Señor, le he abierto la puerta de mi corazón a tu peor enemigo, y al peor enemigo de mi alma. He actuado como si fuera capaz de salvar mi propia alma… No me atrevo a confiársela a ningún otro poder que no sea el tuyo… La deposito a tus pies. Oh  Cordero  de Dios, lava mi alma en la sangre del Cordero; vístela con tus ropajes de pureza y justicia (Exaltad a Jesús, p. 209).

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Notas de Ellen G. White para la Escuela Sabática 2022.
4to. Trimestre 2022 «¿QUÉ ES EL HOMBRE? “LA VIDA ETERNA: LA MUERTE Y LA ESPERANZA FUTURA”»
Lección 3: «COMPRENDAMOS LA NATURALEZA HUMANA»
Colaboradores: Wilber Valero & Esther Jiménez

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