¿Todavía podemos creer en la Biblia?

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Manuscritos antiguos, un símbolo de hallazgos antiguos que comprueban la veracidad del relato bíblico. (Foto: Shutterstock)

El famoso escritor ruso Fiódor Dostoievski, autor de clásicos como Crimen y Castigo y Los hermanos Karamazov, escribió algo muy interesante acerca de Dios. Mientras muchos veían en el sufrimiento y en los problemas una evidencia a favor del ateísmo, Dostoievski veía aquí la propia tónica de la existencia divina. Él decía que “es lógico que Dios existe, vea que ni las mayores tragedias nos hicieron desistir de él”. De hecho, esa conclusión del escritor ruso se vuelve muy actual cuando vemos que, a pesar de que el mundo le da la espalda a lo sagrado, Dios todavía ocupa un gran espacio en los medios de comunicación. Para tristeza de los no creyentes, la humanidad no logra verse libre de la idea de Dios, están siempre hablando acerca de él, aunque sea para negarlo.

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Algunos, claro, no pretenden negar directamente la existencia de Dios, pero terminan haciéndolo cuando niegan su Palabra o dudan de la historia que presenta. Y es justamente eso lo que hemos visto en el movimiento cada vez más creciente de producciones literarias escritas por científicos y académicos que simplemente dicen no creer en la historicidad de la narración bíblica.

Escepticismo

Un ejemplo destacado viene de los profesores Israel Finkelstein, director del Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv, y Neil Asher Silverman, un periodista afiliado al Centro de Arqueología Pública de Bélgica.

Ambos escribieron un libro sobre arqueología titulado La Biblia desenterrada que ha sido publicado en varios idiomas, inclusive en portugués. Además, es curioso notar que, en Brasil, el mismo libro, con el título cambiado por Y la Biblia no tenía razón, un nombre bastante pretensioso, ¿no cree?

Bien, de acuerdo con la sugerencia del propio título en portugués, el objetivo de los autores es mostrar que sus investigaciones arqueológicas no confirman prácticamente en nada la historia contada en la Palabra de Dios. Vea lo que ellos dicen:

“El proceso que hemos descrito aquí en realidad es lo opuesto a lo que encontramos en la Biblia. El surgimiento del antiguo pueblo de Israel fue el resultado de un colapso de la cultura cananea y no lo que la causó. La mayor parte de los israelitas no vino desde fuera de Canaán. Ellos emergieron de dentro de esta tierra. No hubo ningún éxodo en masa de Egipto ni una conquista violenta de Canaán. La mayor parte del pueblo que formó el antiguo Israel eran habitantes locales. Los israelitas primitivos eran, ironía de las ironías, originariamente cananeos”.

Como usted puede ver, Finkelstein y Silverman negaron que los principales eventos del Antiguo Testamento en realidad hayan ocurrido en la historia. En la opinión de esos dos especialistas, el Éxodo jamás existió, no hubo ninguna conquista de Canaán bajo el mando de Josué y el reino unido administrado por el rey David no pasa de ser pura leyenda. ¿Será verdad eso? Al final, los que llegaron a esa conclusión son dos respetados investigadores. Y, para agravar la situación, debemos admitir que no poseíamos todavía una prueba formal para muchas de las historias que presenta la Biblia. No tenemos, con base en lo que se encontró hasta hoy, ninguna evidencia histórica directa que confirme la existencia de Daniel en Babilonia o de Salomón en el palacio de Jerusalén.

Pero, espere un poco. Esa no es una deficiencia de la Biblia, sino de toda la historia en general. Después de todo, gran parte del tesoro arqueológico de las más antiguas civilizaciones del pasado se encuentra perdido y todo historiador lo sabe.

Además, ¿usted sabía que hasta las más conocidas fuentes históricas de Alejandro Magno están basadas en documentos bastante tardíos? No hay ningún registro del IV siglo a. C. que confirme su presencia o de su ejército en la India, o que mencione siquiera su existencia y sus hechos.  Las fuentes más antiguas de la vida de Alejandro que conocemos datan de 300 a 800 años después de su muerte. Además, muchas de esas fuentes documentales son reconocidamente mitológicas y no están conservadas en los manuscritos originales, sino en copias tardías posteriores al II siglo después de Cristo. Entonces, ¿por qué decir que Alejandro Magno es un personaje histórico y Abraham es un mero mito?

Y hay más. A pesar de no tener en nuestras manos suficientes artefactos para documentar cada episodio de la Biblia, por otro lado, tampoco poseemos alguna prueba absoluta que niegue o desmienta los eventos bíblicos. Y ese es un elemento muy importante para ser ignorado. Así, recordando que la aplastante mayoría de los artefactos antiguos todavía está por descubrirse, entendemos que las tesis como la de Finkelstein y Silverman se basan en gran medida en el argumento del silencio.

Ahora, imagine que alguien anunciara en la recepción de un hotel cinco estrellas que en las proximidades de la piscina perdió una lapicera Mont Blanc importada que vale dos mil dólares. El hecho de que nadie encuentre la lapicera no autoriza a un determinado empleado a afirmar categóricamente que ese huésped mintió y que nunca hubo una lapicera Mont Blanc en las proximidades de la piscina. Un empleado más sencillo y desacostumbrado con la cultura del mundo empresarial podría llegar a suponer con otro colega que todo es en realidad un mito pues, al final, ¿quién pagaría dos mil dólares por una lapicera?

Entonces, lo que parece imposible para la mente del empleado sencillo sería algo perfectamente común para los ejecutivos que están acostumbrados a usar lapiceras mucho más caras que esa, de modo que es perfectamente normal que alguien pierda una lapicera tan cara en la piscina de un hotel cinco estrellas. Del mismo modo, las costumbres “extrañas” del Medio Oriente tal vez hieran el consenso moderno occidental al que estamos acostumbrados y nos hagan comportarnos de manera equivocada, como el empleado sencillo del hotel, creyendo que sería imposible que algo así ocurriera. Una cosa no debe ser considerada como un mito solo porque no condice con nuestra vida diaria. 

Debemos recordar, también, que es posible presentar mil posibilidades por la desaparición y por no poder encontrar la lapicera antes de señalar al huésped como un mentiroso. Esta podría simplemente haberse caído en el cuarto y por eso no se la encontró en la piscina, pues todos la buscaban en el lugar incorrecto. O alguien también pudo haberla encontrado y haberla guardado para sí o vendido a otro, y también pudo haber ocurrido que, meses después, un empleado esté limpiando las inmediaciones de la misma piscina y encuentre la lapicera realzando ese curioso proverbio que dice: “la mejor manera de encontrar una cosa es buscando otra”.

Esa alegoría de la “lapicera perdida” ilustra lo que pasa en el mundo de la arqueología bíblica. Algunos, como los empleados incrédulos del hotel, negaron la versión del huésped solo porque no encontraron el objeto que él dijo haber perdido. Y justamente así es como actúan los escritores como Silverman y Finkelstein.

Comprobaciones arqueológicas

Ellos se olvidan que lo poco que se ha encontrado en las excavaciones en Medio Oriente confirma en muchos detalles lo que presenta la Biblia. Y eso ya sería por demás suficiente. Por otro lado, también parecen desconocer que en el pasado hubo otros autores escépticos como ellos que con el tiempo tuvieron que corregir sus tesis.

Uno de ellos fue Charles C. Torrey, quien en 1930 se destacaba como uno de los más renombrados profesores de la universidad de Yale, en los Estados Unidos. Elocuente en su discurso y bastante dogmático en sus escritos, Torrey arrojó un balde de agua fría en los religiosos. Lo hizo al afirmar en uno de sus libros que no creía en absoluto que hubo un cautiverio de los judíos en Babilonia y un regreso bajo el gobierno de Ciro.

Esa historia está muy bien documentada en los libros de Jeremías, Daniel y otras partes de la Biblia, pero Torrey insistía en decir que todo eso no era más que un mito porque no había evidencias de la permanencia de judíos en la corte de Babilonia ni de un ataque de los babilonios al reino de Judá.

Si fuera hoy, la foto de Torrey estaría siendo estampada en varias revistas de circulación nacional que tendrían como titular de tapa una inscripción más o menos así: “La Biblia en el banco de los reos. Especialista en arqueología desmiente la historia bíblica del cautiverio judío”. Seguramente venderían muchos ejemplares, pero tendrían que desmentir su titular porque, ocho años después de la publicación del libro de Torrey, el profesor Ernst F. Weidner, especialista en paleografía de la universidad de Berlín, terminó la traducción de varias tabletas cuneiformes encontradas en el palacio real de Nabucodonosor. Y así confirmó, no solo la existencia histórica del efímero rey Joaquín que había sido llevado allá junto con sus hijos por el año 592 a. C., lo que está plenamente de acuerdo con el testimonio de las Escrituras.

Una de las tabletas cuneiformes descifrada por Weidner, en su texto neo babilónico, dice:

“… [una porción de comida debe darse a] Joaquín rey de la tierra de Judá y a sus cinco hijos también traídos de Judá, y también a los […] judíos que están con ellos”.

Otro conjunto de documentos cuneiformes llamado Crónicas de Babilonia también fue traducido en la misma ocasión y publicado por especialistas del museo británico. Uno de ellos mencionaba claramente el avance de Nabucodonosor sobre Judea, exactamente de acuerdo con el relato bíblico:

“En el séptimo año, en el mes de Kislimu, el rey de Babilonia reunió sus tropas y marchó a la región de palestina. Él acampó contra la capital de Judá, Jerusalén, y en el segundo día del mes de Addaru, la tomó, capturando a su rey”.

Mientras el público académico recibía sorprendido la traducción de esos textos antiguos, las excavaciones de Laquis, Debir y otras ciudades de Judea confirmaban el ataque masivo de los babilonios durante los días de Nabucodonosor. Y como esas ciudades estuvieron abandonadas hasta el fin del cautiverio. Todo exactamente de acuerdo con el texto bíblico y contrario a las afirmaciones del renombrado especialista de Yale.

Es probable que, en el futuro, como sucedió con Torrey, las teorías de Finkelstein y Silverman tengan que ser revisadas. Además, el propio Finkelstein estuvo obligado a admitir en una entrevista dada a Hershel Shanks, editor de la Biblical Arqueology Review, que David y Salomón, al contrario de lo que decían los críticos anteriores, fueron personajes reales, que realmente existieron en la historia. En el caso de David, Finkelstein fue obligado a admitir su existencia gracias al hallazgo de una piedra en 1993 en las excavaciones de Tel Dan, en Israel.

La insistencia de algunos en negar el relato de las Escrituras no debería sorprendernos, ya que la historia pasada siempre estuvo repleta de ese tipo de reacciones críticas a la Palabra de Dios. Pero nada mejor que la propia historia para corregirlos.

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