SOMOS PARTE DE LA FAMILIA DE DIOS

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El mundo contempla con alegría la desunión que se ve entre los cristianos. Los infieles se complacen. Dios pide un cambio en su pueblo. La unión con Cristo  y la  mutua es nuestra  única seguridad  en estos  últimos días. No demos  a Satanás  la ocasión  de señalar a nuestros  miembros  de iglesia,  y decir:  «Miren  cómo se odia  la  gente que está bajo  la  bandera de Cristo …  No  tenemos  nada que temer  de ellos mientras  empleen  sus fuerzas en luchar entre sí».

Después  del  descenso  del  Espíritu  Santo,  los  discípulos  salieron  a proclamar al  Salvador  resucitado, con un deseo  único: salvar  almas. Se regocijaban  en  la  comunión  con  los santos. Eran tiernos, considerados, abnegados,  dispuestos  a realizar cualquier  sacrificio  en favor  de la  verdad. En su asociación  diaria mostraban el amor que Cristo les había mandado  revelar.  Mediante  palabras y hechos  desinteresados  se esforzaban por encender este amor en otros corazones  (Alza tus ojos,  p.  356).

Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús;  porque todos los  que habéis sido  bautizados  en Cristo,  de Cristo estáis  revestidos.  Ya no hay judío  ni griego; no hay esclavo  ni libre; no hay varón  ni  mujer; porque todos vosotros  sois  uno en Cristo Jesús.  Gálatas  3:26-28.

El  secreto  de  la  unidad se halla en  la  igualdad  de  los  creyentes  en Cristo. La razón  de  toda  división, discordia  y diferencia se  halla en  la separación de Cristo. Cristo es el centro  hacia el cual todos debieran  ser atraídos, pues mientras  más nos acercamos  al  centro, más estrechamente nos uniremos en sentimientos, simpatía,  amor, crecimiento  en el  carácter e imagen de Jesús.  En  Dios no hay acepción  de personas  (That I May Know Him,  p.  99;  parcialmente en A fin de conocerle, p.  99).

Cada corazón  debería albergar  simpatía humana. Es un atributo de Dios y nunca se  la debería  descartar.  «Todos  vosotros  sois  hermanos». Mateo 23:8. Dios  ha depositado  sobre los hombres la responsabilidad  de brindar  simpatía  a sus semejantes,  de ayudar  al  necesitado,  al  herido  y al  maltratado.  Muchos  se desmoralizan  por causa de su propia conducta, pero, ¿qué miembro  de la familia  humana puede comprender, como Dios, la causa de su miseria?

Existen  actualmente  en el mundo muchas personas  heridas, muchos corazones  tristes  que necesitan  alivio.  El Señor tiene  medios para iluminar la  vida  de estos desconsolados.  Cada  uno de nosotros  puede poner a trabajar  sus talentos al disipar  las  nubes, al  permitir que penetre  la  luz del sol de la esperanza y la fe en el que «de tal manera  amó … al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito,  para que todo aquel que en él cree no se pierda,  mas tenga vida eterna».  Juan 3: 16  (Cada día con Dios, p.  181).

El  que  creó  a  Eva para  que  fuese  compañera  de  Adán  realizó  su primer  milagro  en  una  boda.  En  la  sala  donde  los  amigos  y parientes se regocijaban, Cristo principió su ministerio público. Con su presencia sancionó  el  matrimonio,  reconociéndolo como institución que él mismo había fundado. Había dispuesto  que hombres y mujeres  se unieran en el santo lazo del matrimonio, para formar  familias cuyos miembros, coronados de honor,  fueran reconocidos  como miembros de la familia celestial.

Cristo honró también  las relaciones matrimoniales al  hacerlas símbolo de su unión con  los  redimidos.  Él  es el  Esposo, y la  esposa  es la  iglesia, de la  cual, como escogida por él, dice:  «Toda tú eres hermosa, amiga mía, y en ti  no hay mancha».  Cantares 4:7 (El ministerio de curación, p 275).

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Notas de Elena G. White para la Escuela Sabática 2023.
1re. Trimestre 2023 «ADMINISTRAR PARA EL SEÑOR… HASTA QUE ÉL VENGA»
Lección 1: «PARTE DE LA FAMILIA DE DIOS»
Colaboradores: Ana Hironymus & Esther Jiménez

 

 

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