Quien ama, cuida

Educación noviembre 2, 2022
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Una familia feliz está compuesta por diálogo, cariño y atención. (Foto: Shutterstock)

Tenemos muchas certezas en la vida. Entre ellas están las siguientes: mi familia es mi mayor tesoro y mi responsabilidad; las crisis son realidades en todas las casas y los conflictos son parte de la vida. Ante estas afirmaciones, surge una pregunta intrigante: ¿cómo podemos juntar, bajo el mismo techo, crisis constantes, conflictos desafiantes y, aun así, construir una familia saludable? ¿Qué precauciones debemos tener?

Vea siete principios que lo ayudarán:

1. Resuelva los conflictos y crisis con paciencia, respeto y empatía. “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes” (Efesios 4:29).

En la cercanía y la convivencia con familiares, inevitablemente habrá divergencias de ideas y opiniones que, la mayoría de las veces, culminarán en conflictos. La sabiduría está en la forma en la que la familia tratará con ellos, pues esos momentos pueden convertirse en herramientas poderosas para traer más conocimiento, madurez, aprendizaje y fortalecimiento de la estructura familiar. El secreto es siempre tener autocontrol y tratar a las personas involucradas con respeto, paciencia y empatía.

2. Invierta en el diálogo. “Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios” (Santiago 1:19, 20).

Dice el dicho popular que “de una buena conversación nadie escapa”. Existe mucha verdad en esa simple afirmación. Por ejemplo, ante un conflicto o distanciamiento familiar, si quisiéramos regresar al estado de calma y cercanía, debemos actuar con cautela y sabiduría al hablar. Es importante estar atento para escuchar más allá de las palabras, en un diálogo sin prisa, verdadero, objetivo y lleno de tolerancia, amor y buena voluntad.

3. Juntos es mejor. “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!” (Salmo 133:1).

Pocas acciones crean un sentido de pertenencia, tan necesario para el ser humano, como hacer actividades juntos, de las más placenteras hasta las que son ejecutadas por el deber de la responsabilidad. En ese caso, lo que más fortalece nuestro vínculo no es necesariamente el objetivo alcanzado, sino el aprendizaje y el tiempo invertido en el caminar. Recordemos conmemorar las victorias juntos, porque eso fortalecerá la colaboración y creará intimidad.

4. Todo lo que es importante merece nuestro tiempo de calidad. “Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas, y mira con cuidado por tus rebaños” (Proverbios 27:23).

En el ajetreo en el que vivimos, parece que el tiempo vuela y, en todo momento, tenemos que decidir a qué dedicaremos las pocas horas disponibles. Lo que elegimos como prioritario y relevante recibirá nuestra atención, comunicando así el valor que le atribuimos a una persona o actividad. Por eso, al elegir invertir ese precioso tiempo en la familia, gritamos a ellos y al mundo cuánto los amamos.

5. Con buen humor todo es más liviano y placentero. “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” (Filipenses 4:4).

En medio de tantas luchas de la vida, disfrutar de un ambiente más liviano y alegre en el seno de la familia es como ir a un oasis después de un día agotador en el desierto. Aprender a reír y a sonreír de los hechos y de los males de la vida, especialmente cuando aprendemos a reírnos de nosotros mismos, nos deja más livianos y la carga de las responsabilidades de lo cotidiano se hace más suave. Recordemos que la sonrisa nos acerca y nos hace pasar por sabios cuando nos faltan las palabras.

6. Los momentos particulares crean intimidad. “Por lo demás, hermanos, tened gozo, perfeccionaos, consolaos, sed de un mismo sentir, y vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros” (2 Corintios 13:11).

Es una delicia conversar con nuestros familiares de forma física o virtual, pero casi siempre en esos momentos hablamos de temas generales, normalmente sin gran relevancia para la vida. Los lazos más profundos, capaces de realmente fortalecer los vínculos familiares, ocurren en conversaciones reservadas, pues en esos momentos tenemos más libertad para abrir el corazón y el alma, y nos colocamos en una sintonía más fina.

7. Culto en familia. “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:6, 7).

En el culto familiar creamos una atmósfera diferente, pues presentamos nuestra familia ante el Señor. En ese instante siempre abrimos el corazón al hacer nuestros pedidos y agradecimientos, expresando nuestras necesidades, problemas y sueños. De esa forma, producimos un ambiente de confianza y de fortalecimiento del vínculo familiar y espiritual.

Cuidar de nuestra familia es tanto un privilegio como una responsabilidad. Que el Señor nos ilumine y nos bendiga en el cumplimiento de esta desafiante y sublime misión.

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