¡No es mi problema!

Tiempo de lectura: 4 minutos

La indiferencia puede poner vidas en riesgo. (Foto: Shutterstock)

El 13 de marzo de 1964, alrededor de las tres de la mañana, una gerente de bar llamada Kitty Genovese estacionó su Fiat rojo en un lugar desocupado en el barrio de Queens, en Nueva York.

Mientras caminaba hacia su casa, un hombre llamado Winston Moseley la observaba del otro lado de la calle. Kitty escuchó el sonido de pasos. Cuando notó que realmente estaba siendo seguida intentó correr, pero fue en vano. Winston Moseley fue rápido, agarró a la joven por la camisa, la arrojó al suelo y le dio dos cuchilladas en la espalda. Gravemente herida, Kitty todavía tenía fuerzas para gritar: “Oh Dios, él me acuchilló, ¡ayúdenme!”

Robert Mozer oyó los gritos de Kitty desde la ventana de un edificio en el 7º piso, donde estaba su departamento. Él vio a un hombre que corría y a una mujer tirada en la vereda, entonces gritó: “¡Deja a esa chica en paz!”

Michael Hoffman, un chico de 14 años, también oyó un alboroto. Después de observar la escena, le fue a contar lo que había visto a su padre Samuel. El padre del adolescente inmediatamente llamó a la policía y contó lo que había oído su hijo, pero los oficiales no le dieron importancia al relato.

Joseph Fink, que trabajaba en el edificio vecino al de Kitty, vio los ataques con sus propios ojos y no hizo absolutamente nada. Después que Moseley huyó, simplemente descendió al sótano para dormir. Otro testigo, Karl Ross, llamó a la policía, como Samuel Hoffman había hecho. Esta vez vino la ayuda, y a las 04:15 de la mañana, Kitty fue llevada en una ambulancia, pero terminó muriendo camino al hospital.

Ese asesinato se transformó en una especie de misterio. Dos semanas después de haber ocurrido, el periódico The New York Times hizo una publicación referente al caso, y el editor Abe Rosenthal escribió en la nota: “Lo interesante sobre ese evento es que nada menos que 38 personas fueron hasta sus ventanas, a las tres de la mañana, en respuesta a los gritos de terror, y permanecieron allí por increíbles 30 minutos, que fue el tiempo necesario para que el asaltante completara su acto terrible”.

Treinta y ocho personas vieron la ejecución de una mujer inocente, que fue atacada cobardemente por un hombre con el deseo de matar. Sin embargo, todas esas 38 personas prefirieron el anonimato en vez de la justicia. Ese acto inhumano intrigó a los psicólogos Bibb Latane y John Darley y fue la percepción que necesitaban para descubrir lo que ellos llamaron “Problema del espectador”.

Estudios sobre el caso

Cuando los detalles de ese crimen llegaron al conocimiento de los medios de comunicación, especialmente el hecho de que 38 personas simplemente ignoraron un asesinato brutal, Darley y Latane decidieron descubrir lo que motivaba a las personas a prestar ayuda en situaciones de emergencia. Después de algunos experimentos e investigación, ellos llegaron a la sorprendente conclusión de que el factor principal que influenciaba la disposición de las personas para ayudar era el número de testigos presentes.

En una de las pruebas, ellos pidieron a un chico que escenificara un ataque epiléptico en una sala. Cuando había una persona como compañía, esa persona corría para ayudar al chico en el 85% de las veces. Pero, si había más de cuatro personas en la sala, la persona corría para ayudar a la víctima en solo el 31% de las veces. En otra experiencia, las personas que estaban en una sala y veían humo que salía por debajo de la puerta, contaban el incidente el 75% de las veces cuando estaban solas, pero solo el 38% si estaban en grupo. O sea: cuando están solas, las personas toman decisiones más fácilmente, son más racionales. Pero, cuando están en grupo, el sentido de responsabilidad por actuar se hace difuso. Se supone que el otro tomará una decisión, o hasta se considera que el problema no es real.

Lo que los psicólogos argumentaron en el caso de Kitty Genovese es lo siguiente: lo importante no es el hecho de que nadie haya actuado cuando 38 personas oyeron los gritos de Kitty, sino el hecho de que nadie actuó porque 38 personas la escucharon gritar. Tal vez, si solo una persona hubiera sido testigo de lo ocurrido, Kitty todavía estaría viva. Sin embargo, su muerte no pasó de un espectáculo de horror para los 38 espectadores.

El mundo está gritando por auxilio. Naciones enteras necesitan conocer que existe salvación; las comunidades necesitan saber que alguien se preocupa por ellas; las familias necesitan un rumbo, las personas necesitan ser rescatadas. Los cristianos son poco más de dos mil millones de personas que pueden estar solo viendo el pedido de ayuda de otros dos tercios de la población mundial. En verdad, nacer y vivir en un país cristiano, tener un nombre registrado en una iglesia y participar en los cultos y programas, pueden ser simplemente manifestaciones culturales y tradición familiar. Usted puede no ser más que un cristiano espectador, sin vivir comprometido en ser y hacer lo que Dios espera de usted.

Con la colaboración de Marcos Eduardo Gomes de Lima (sociólogo y misionero)

Loading

Más por Explorar

¿Quieres Saber más de nosotros?

ÚNETE A LA FAMILIA