Matutina para Mujeres | Martes 31 de Octubre de 2023 | No tengas miedo, hija

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No tengas miedo, hija

No tengas miedo, ciudad de Sion; mira, tu Rey viene montado en un burrito. Juan 12:15, DHH.

La entrada triunfal a Jerusalén es mencionada por los cuatro evangelios y profetizada por Zacarías e Isaías, pero solo Juan menciona las palabras textuales de la profecía: “No temas, hija de Sion”. Zacarías 9:9 anuncia: “Alégrate mucho; hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna”.

Hay una relación estrecha entre “no tener miedo” y “alegrarse mucho”. La multitud reunida para la fiesta de Pascua era diversa: curiosos, turistas, verdaderos adoradores, indiferentes. Ese gran día Jesús proclamó el reino a todos estos grupos. Fue la gente común, no los habitantes de Jerusalén sino los turistas de la fiesta, quienes dieron honor y alabanzas a Jesús con aclamaciones de gozo. A veces los más cercanos al templo del Señor son los más distantes del Señor del templo.

Cuando yo era niña, mi madre me llevaba a su Iglesia Católica cada Domingo de Ramos. Cada uno recibía una rama de palma y entonábamos el canto: “¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor”. No tenía idea del significado de lo que hacía; espero que Jesús haya aceptado mi ingenua alabanza. Solo cuando dejas atrás todo miedo y prejuicio quedas apta para una alabanza genuina.

Las palmas eran símbolo de victoria y triunfo. Jesús estaba conquistando los poderes de las tinieblas con su propia muerte. Aceptó con gracia aquel homenaje, aunque quienes lo ofrecían desconocían que por medio de ellos se estaba cumpliendo la profecía. Cargar ramas en las manos era también parte de la ceremonia de los tabernáculos (Lev. 23:40). Ese día el símbolo y la realidad se encontraron. Ese grupo de visitantes ingenuos estaba reconociendo que Jesús era el Rey de Israel que traía salvación. Fue la única vez que Jesús aceptó un acto de adoración. Exhortó a Jerusalén a no tener miedo. Lloró por las almas temerosas, entonces lloró por tus miedos y los míos.

El regocijo y el miedo no pueden andar juntos, son enemigos. El miedo es especialmente enemigos del gozo espiritual. Te roba el deleite de la alabanza. Jesús te dice: “No tengas miedo, hija. Alégrate, libérate de la opresión del miedo y alábame”.

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