Matutina para Mujeres | Jueves 30 de Noviembre de 2023 | Temores escondidos

Tiempo de lectura: 2 minutos

Temores escondidos

Desde que llegamos a la región de Macedonia, no hemos descansado. Al contrario, hemos sufrido mucho. Hemos luchado contra nuestros enemigos y contra nuestro miedo. 2 Corintios 7:5, TLA.

Los miedos, igual que un trozo de pan, se empequeñecen cuando los compartes. La iglesia de Corinto le causó mucho sufrimiento a Pablo, sin embargo la amaba y se interesaba por su bienestar. Pablo confesó a sus lectores que había dos situaciones que lo mantenían atribulado: los conflictos y sus propios miedos: “De fuera, conflictos: de dentro temores” (2 Cor. 7:5). Los conflictos habían dividido la iglesia: las faltas morales, la profanación de la Santa Cena, las peleas por los dones espirituales. Pero el amor de Pablo por ellos nunca menguó, ni renunció a su derecho de ser su padre espiritual. Se mantenía al tanto por cartas, personas que enviaba en su nombre o visitas personales.

Pablo experimentó el miedo y la angustia cuando no pudo reunirse con Tito en el lugar acordado. Lo había enviado a Corinto para restablecer la armonía de la iglesia y para que trajera un informe de la reacción a la primera carta. Habían convenido encontrarse en Troas, pero Tito no apareció, y Pablo decidió ir a Macedonia a buscarlo (2 Cor. 2:12, 13). El miedo es un paralizante de la eficacia laboral. Una persona ansiosa no puede concentrarse en sus labores cotidianas por la constante sensación de que algo malo está por suceder. “Durante este tiempo de ansiedad concerniente a la iglesia de Corinto, Pablo esperaba lo mejor; sin embargo, a veces se le llenaba el alma de sentimientos de profunda tristeza, por temor a que sus consejos y amonestaciones fuesen mal comprendidos” (HAp, p. 266). La angustia de Pablo desapareció cuando se encontró con Tito y supo de la respuesta positiva de la gente.

Se necesitan “Titos” modernos que sepan consolar a quienes están en angustia. “Los seres celestiales están observando y esperando que los agentes humanos se conmuevan profundamente con las necesidades de sus compañeros de trabajo que están en perplejidad y prueba, en tristeza y angustia” (6TI, p. 457). Si dejas que un problema te abrume, pierdes la perspectiva y el problema se vuelve un gigante. Quita tus ojos de la situación preocupante y enfócalos en Dios. Alábalo, dile lo mucho que lo amas. Cuando tu alabanza crece, la situación angustiante se achica.

Como dijo Charles Péguy: “A cada día le bastan sus temores, y no hay por qué anticipar los de mañana”.

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