Matutina para Jóvenes | Sábado 02 de Diciembre de 2023 | Petricor

Tiempo de lectura: 2 minutos

Petricor

Mira, el olor de mi hijo, como el olor del campo que Jehová ha bendecido. Dios, pues, te dé del rocío del cielo y de los frutos de la tierra, y abundancia de trigo y de mosto. Génesis 27:27, 28.

Nuestras memorias más íntimas se asocian a olores. ¿Quién no recuerda el aroma de esos panecillos de la infancia, cuando las vacaciones se hacían fiesta? ¿O el perfume de aquellas rosas de gruesos pétalos, que embargaban las casas en Semana Santa? ¿O el azahar en primavera, cuando los naranjos explotan de pequeñas flores? ¿Qué me dices de un campo de césped recién cortado? ¿Y el olor a cloro de las piscinas en los largos días de verano? ¿Y el olor a mar? ¿Y a una pinada? ¿Y a libro viejo? Cuántas asociaciones desde el olfato. Hay, sin embargo, una que se nos impone a todos por su frescura y plenitud: el petricor. Así identificaron Bear y Thomas, en la revista Nature, a ese olor agradable que se produce cuando llueve sobre el campo. Un olor integral que aporta sensaciones de bienestar.

Fue un impacto para Isaac recibir ese aroma porque lo asociaba con aquellos recuerdos de su vivir de nómada, cuando los secos campos se revitalizaban con las lluvias bendecidas por Dios, cuando las aves volvían a levantar el vuelo trinando, cuando las florecillas rojas y amarillas teñían el paisaje como un cuadro puntillista. El olor de su hijo era el olor de los sueños de un nómada, de la presencia de Dios en los detalles. Y no pudo resistirse y comenzó a bendecir, porque las bendiciones del Señor en nosotros generan, a su vez, nuestras bendiciones. La memoria sana de experiencias personales con Dios produce, para los demás, el mismo deseo.

Puede ser que todo esto del petricor, a fin de cuentas, no sea más que un recuerdo latente de nuestro hogar original: el Edén. Los gallegos tienen una palabra de muy difícil traducción que hace referencia a esos recuerdos de la tierra lejana a la que se anhela volver. Lo llaman “morriña”. Pues bien, el petricor despierta en cada uno de nosotros la morriña por el paraíso. Aquel vergel donde cada mañana se regaba de rocío y se podía pasear al lado del Creador.

No estamos diseñados para el cemento ni el asfalto, no es nuestra naturaleza vivir entre aluminio y cerámica. Somos gente de campo, gente expuesta a las inclemencias pero que sabe que Dios las puede dominar para nuestro bien; gente que disfruta de lo bello de la naturaleza porque nos es natural. Gente que tiene recuerdos de su casa y que, con toda la morriña del mundo, anhela volver a ella.

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