Matutina para Jovenes | Martes 23 de Mayo de 2023 | El otro cero

Tiempo de lectura: 2 minutos

El otro cero

Temed a Jehová vosotros sus santos, pues nada falta a los que lo temen. Salmo 34:9.

Amir Aczel se pasó la vida buscando la piedra K-127. Aczel era un matemático que buscaba los orígenes del número cero. Sabía que el año 1931, el arqueólogo George Coedès había descubierto una piedra en Camboya en la que aparecía la primera representación de ese número. Había desaparecido por culpa de los jemeres rojos de Pol Pot y Aczel no la halló, tras muchos años de búsqueda, hasta el año 2013. Estaba abandonada en un almacén de Ankgor Wat; fue una de la experiencias más relevantes de su vida. Es interesante que la primera vez que se registra el cero está relacionada con el budismo. Parece ser que tal número estaba vinculado con la nada que buscan los monjes de esta religión. El vacío sería el cero.

Para la Biblia, sin embargo, el cero se identifica con la ausencia de necesidades, y ese estado se vive junto a Dios. El ser humano, por sí solo, tiene una existencia con múltiples carencias. El pecado nos aleja del equilibrio y, como consecuencia, genera miserias. Pero al lado de Dios todo se cubre. Solo hay algo que nos pide para que su promesa se cumpla: respeto. Respetar a Dios nos hace gente de bien, santos que tienen todo lo que precisan porque son conscientes de lo que realmente merece la pena. ¿Qué se ha de hacer para respetarlo? Hallamos una descripción muy detallada en Ezequiel. Una persona que respeta es alguien “que no oprime a nadie, sino que al deudor devuelve su prenda; que no comete robo alguno; que da su pan al hambriento y cubre con vestido al desnudo; que no presta con interés o con usura; que retrae su mano de la maldad y practica verdaderamente la justicia entre unos y otros; que camina en mis ordenanzas y guarda mis decretos a fin de actuar rectamente, este es justo y vivirá, dice Jehová, el Señor” (Eze. 18:7-9).

Estar a bien con Dios tiene mucho que ver con los demás. Se nota porque somos ecuánimes, responsables, honestos, generosos, íntegros, auténticos y justos. Se nota porque esas manifestaciones de nuestro ser no son forzadas ni artificiales, surgen espontáneamente, de forma natural.

Hay cero orgullo, y por lo tanto no mantenemos los problemas. Hay cero codicia, y consecuentemente no buscamos lo prescindible. Hay cero mentira, y por esa causa vivimos sin incoherencias. Hay cero egoísmo, y como resultado disfrutamos con la felicidad de los otros. Hay cero carencias porque vivimos el todo de Dios.

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