Matutina para Adultos | Jueves 08 de Febrero de 2024 | El verdadero dueño

Tiempo de lectura: 2 minutos

El verdadero dueño

“Del Señor es la tierra y su plenitud, el mundo y los que habitan en él” (Salmo 24:1).

Piensa en la persona más rica sobre la cual hayas leído u oído hablar. Si eres de los que da seguimiento a ese tipo de datos, sabrás que los nombres de quienes se disputan ese puesto cambian cada año. Pero por muy ricos que puedan llegar a ser, ninguno de ellos es dueño de un país o una ciudad. Y aunque pudieran algún día llegar a serlo, jamás podrían igualar las riquezas de Dios.

Los derechos del Señor como propietario lo abarcan todo: de él es la Tierra y toda su plenitud. ¡Qué retrato de Dios! Él es rico, pero rico de verdad. Dios es el dueño del planeta y de todo lo que hay en él: dueño de los mares, de los ríos, del sol, de la luna, del aire, de los animales y de todo metal precioso. Y lo más importante: Dios es dueño de todos los seres humanos, incluidos los más ricos.

Si Dios es dueño de todo y de todos, debemos entender que nuestra función en este mundo no es la de propietarios, porque ya todo tiene su dueño, que es Dios. Nuestro papel es el de administradores de lo que él nos da o nos permite adquirir. Nuestra manera de usar lo material tiene límites. Debemos asegurarnos de que el Dueño esté de acuerdo con la manera en que administramos.

Si Dios es el dueño de todo, no deberé sorprenderme si un día me pide cuentas de cualquier cosa de su propiedad, incluyendo mi propia persona. De hecho, no solo no debería sorprenderme, sino también debo esperarlo, pues Romanos 14:12 dice claramente “que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí”. Por eso no debo estar centrado en tener cosas que pertenecen a Dios, sino en estar conectado con el Dueño, para tener acceso a todo a través de él.

Debo también aceptar que Dios no necesita nada de mí. Si alguna vez me pidiese algo, sabré que lo hace con algún propósito a mi favor, no por necesidad o para beneficiarse. Y, por supuesto, puedo confiar completamente en su capacidad para suplir cualquier necesidad que se me presente, porque sus recursos son ilimitados.

¿Qué Dios como este? ¿Te atreves a cambiarlo? ¿Te atreves a ignorarlo? ¿Te atreves a cortar tu relación con él? ¿O sientes el deseo de darle gracias por dejarte ser su hijo, por amarte y por compartir contigo todas sus bendiciones?

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