Martes 15 de Noviembre de 2022 | Matutina para Adultos | Interrupciones

Adultos noviembre 12, 2022
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Interrupciones

“Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, predicando el evangelio del Reino y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mateo 9:35).

No he encontrado en las Escrituras una sola instancia en la que el Señor Jesús se incomodara por las interrupciones. Un ejemplo lo encontramos en el capítulo nueve de Mateo. El Señor está hablando con los discípulos de Juan el Bautista, cuando llega el jefe de la sinagoga (su nombre es Jairo, según Mar. 5:22) para decirle que su hija estaba gravemente enferma. Esa fue la primera interrupción.

¿Qué hizo Jesús? “Se levantó y lo siguió con sus discípulos” (Mat. 9:19).

Van camino a casa de Jairo cuando una mujer enferma de flujo de sangre se le acerca por detrás, toca el borde de su manto y queda sana (vers. 20-22). Segunda interrupción. En casa de Jairo, el Señor milagrosamente resucita a la niña muerta y, cuando sale, dos ciegos lo siguen, mientras gritan: “¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!” (vers. 27). Tercera interrupción. El Señor los sana y, cuando sale de la casa donde ha realizado el milagro, le traen un endemoniado…

¡Háblame de interrupciones!

Cuenta Henri Nouwen que él estaba de visita en la Universidad de Notre Dame, donde años antes él mismo había enseñado, cuando se encontró con un antiguo colega. Mientras caminaban por los predios del campus universitario, su amigo comentó: “Henri, toda mi vida me estuve quejando porque mi trabajo estaba siendo constantemente interrumpido, hasta que descubrí que las interrupciones son mi trabajo” (Reaching Out, p. 36).

¡Ahí está la explicación! Al Señor no lo importunaban las constantes interrupciones del necesitado porque, precisamente, las interrupciones son parte de su misión salvadora. Una interrupción tras otra era la nota tónica de un día típico en la vida de Jesús, mientras recorría “todas las ciudades y aldeas, enseñando, predicando y sanando” (Mat. 9:35). Y cuando finalizaba el día de “interrupciones”, “había aldeas enteras donde no se oía un gemido de dolor en casa alguna, porque él había pasado por ellas y sanado a todos sus enfermos” (El camino a Cristo, p. 9).

No sé qué preocupaciones te están quitando la paz ahora mismo, pero esto sé: no molestas al Salvador cuando acudes a él en busca de ayuda. ¿Cómo podrías molestar a quien dio su vida por salvarte? Todo lo contrario, él está anhelando quitar esa carga de tu corazón, si tú se lo permites.

Alabo tu nombre, bendito Jesús, porque eres un Salvador compasivo; y porque, no importa cuántas veces al día necesito de ti, siempre estás dispuesto a escucharme y ayudarme.

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