Lunes 17 de Octubre de 2022 | Matutina para Jóvenes | Somos su pueblo

Tiempo de lectura: 2 minutos

Somos su pueblo

«Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo y somos suyos; ¡somos pueblo suyo y ovejas de su prado!». Salmo 100: 3

Sabiendo que no recibiría un solo peso de ninguna parte, me esforcé para trabajar más de lo acostumbrado a fin de poder pagar con horas de trabajo la colegiatura. Entendía que de todas maneras no alcanzaría a cubrir el costo del semestre, pero trataba de acercarme lo más posible. Cada hora de clase libre la empleaba en la lavandería, planchando ropa y, así, acumulaba horas para abonar a mi cuenta. Cuando llegó el momento de matricular el semestre, el administrador me pidió que le hiciera una promesa, que alguien me mandaría dinero de algún lugar: una tía rica, algún familiar o padrino, pero yo sabía que no tenía a nadie. Solo contaba con mi Dios, y a él me aferraba en oración.

Le dije al administrador de la institución que no podía mentir, que yo no tenía a nadie, que había ido a la universidad en respuesta al llamado de Dios. Como estudiaba en la mañana, empleaba las horas de la tarde trabajando en los talleres de mantenimiento, y arreglando los prados y los jardines de la universidad. Después de la cena, cuando entraban las horas de la noche, hacía un turno de vigilancia que algunas veces empezaba a las seis de la tarde y terminaba a las doce de la noche, y otras veces hacía el turno más difícil que empezaba a las doce de la noche y duraba hasta las seis de la mañana.

Todos conocían mi triste situación financiera, pero nada de eso me hacía desistir del llamado que había recibido. Una de las personas del área administrativa de la universidad me dio un valioso consejo. Me dijo que pasara cada mes por el edificio de finanzas y pidiera un extracto de mi cuenta. La idea, según el, era que en ningún momento ellos llegaran a pensar que yo me desentendía de la deuda o de mis compromisos. Así que cada mes pasaba por allí y ellos imprimían el documento donde quedaba reflejada mi pobreza, mi incapacidad, la enormidad de mi deuda. Pero no estaba solo, contaba con un Pastor, mi Dios. Él es mi Pastor; yo, oveja de su prado. El último día para pagar pasé por finanzas, como acostumbraba, y al preguntar cuánto debía, me miraron extrañados y me dijeron:

—Muchacho, no debes nada, alguien mandó un cheque de los Estados Unidos y pagó todo lo que debías.

Eso es lo que significa ser ovejas del prado de @Dios, que subsistiremos gracias a su bondad y su provisión. Sal a enfrentar la vida con esto en mente.

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