Lunes 14 de Noviembre de 2022 | Matutina para Adultos | Las prioridades en el orden correcto

Adultos noviembre 11, 2022
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Las prioridades en el orden correcto

“Miren que yo les he dado a ustedes poder para aplastar serpientes y escorpiones, y para vencer a todo el poder del enemigo, sin que nada los dañe. Pero no se alegren de que los espíritus se les sujetan, sino de que los nombres de ustedes ya están escritos en los cielos” (Lucas 10:19, 20, RVC).

Cuenta William Barclay que, en una ocasión, le preguntaron a James Young Simpson, el médico escocés que descubrió las propiedades anestésicas del cloroformo, cuál había sido su mayor descubrimiento. Su respuesta sorprendió a su interlocutor.

–Mi mayor descubrimiento –dijo el galeno–, es saber que Jesucristo es mi Salvador (Young Simpson, The Gospel of Luke, p. 136).

Si algo revela la respuesta de Simpson es que tenía sus prioridades ordenadas correctamente. Precisamente de prioridades bien ordenadas habla nuestro texto de hoy. Los discípulos acababan de regresar de cumplir una misión, y el gozo llenaba sus corazones. Cuando mencionaron que hasta los demonios se doblegaban ante el nombre de Cristo, él les dijo:

–No se alegren de que los espíritus se les sujetan, sino de que los nombres de ustedes ya están escritos en los cielos (Luc. 10:20, RVC).

¿Cuál ha de ser, entonces, nuestro mayor logro, nuestra mayor victoria? No es, por cierto, el título académico, o la riqueza que hemos acumulado; tampoco la fama o el honor que derivamos de nuestros triunfos; ni siquiera las victorias que hemos obtenido en el servicio a Dios. Según lo expresó el mismo Jesús, no hay nada en este mundo que supere el gozo de saber que nuestros nombres están escritos en el reino de los cielos.

Las palabras del Señor a los discípulos nos recuerdan a las que registra el Apocalipsis en relación con la iglesia de Sardis: “El vencedor será vestido de vestiduras blancas, y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles” (Apoc. 3:5).

¡Esto es gozo, mi amigo, mi amiga, en su máxima expresión! Y ahora responde con toda sinceridad: ¿Hay en este mundo algo de un valor tan inmenso que pueda superar al valor de compartir la eternidad con Aquel que nos salvó? ¿Algo tan supremamente grande que supere la promesa de que Jesús vivirá con nosotros, que seremos su pueblo, y que Dios mismo será nuestro Dios? (Apoc. 21:3). Por supuesto que no. ¡Ni siquiera hay que molestarse en comparar!

Amado Padre celestial, te doy gracias porque, aunque puedo perder todo lo material que tengo en este mundo, nadie me puede quitar el gozo de saber que mi nombre está escrito en los cielos.

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