Las bendiciones de ser común

Blog julio 6, 2022
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La vida ordinaria es lo que lleva a momentos extraordinarios. (Foto: Shutterstock)

Uno de los libros que más me ayudó en mi caminar cristiano fue el libro del profeta Daniel. En varios momentos de mi vida fui instruido, reprendido, estimulado y fortalecido por los escritos de ese libro. Hace algunos meses, tuve la oportunidad de lanzar un libro con el título “Herederos del reino”, producido por la Casa Publicadora Brasileña (CPB), en el que presento estas lecciones que aprendí a lo largo de los años. Todos los meses compartiré con usted una versión resumida de cada uno de los capítulos de esta obra. Espero que sea una bendición para su vida espiritual.

Ordinario vs. extraordinario

En todos los idiomas del mundo ocurre un fenómeno interesante. Las palabras nacen, cambian de significado y mueren. Me imagino que usted conoce expresiones que fueron usadas por sus abuelos y que hoy ya no se usan más, u otras que usamos en el día a día con un significado, pero que originalmente tenían un sentido completamente diferente.

Un buen ejemplo de ese fenómeno es la palabra “ordinario”, una palabra que viene del latín ordinarius y significa “común”, en el sentido de algo regular u organizado. Se trata de algo que no tiene nada de admirable. La palabra viene de la raíz ordo, que significa orden. Originalmente, ordo hacía referencia a un conjunto de hilos organizados en un telar. Esos hilos tenían un orden específico para tejer paños. Debido a eso, ordo fue asociada al orden y la organización. Con el tiempo, la palabra “ordinario” obtuvo una connotación negativa. Las palabras que significan “normal” o “común”, muchas veces evolucionan para tener el sentido de “mala calidad”. Raramente se usa “ordinario” con el sentido de “regular” o “normal”.

En la práctica, incluso en el sentido original de la palabra, a nadie le gusta ser ordinario o común. Queremos ser extraordinarios. Todos los días somos bombardeados por mensajes que nos estimulan a hacer, vivir y experimentar cosas extraordinarias. Se venden centenas de libros con títulos que poseen palabras de orden como: venza, logre, realice, alcance el éxito, sea increíble, tenga poder, etc. Sin embargo, siempre creí que eso es muy cansador, pues en la mayoría de mis días no soy y no hago cosas extraordinarias, no tengo grandes realizaciones y no alcanzo éxitos increíbles. En la mayor parte, mis días pueden describirse como comunes, normales y ordinarios.

Una vida no siempre extraordinaria

Cuando inicié mi ministerio, hace 20 años, me imaginaba realizando grandes cosas para Dios todos los días, teniendo experiencias increíbles como pastor y viviendo milagros poderosos cada semana. Los días fueron pasando y me di cuenta de que esa no sería la realidad constante. Al principio me frustré, pero comprender un aspecto de la vida del profeta Daniel me ayudó en mi caminar. Comencé a darme cuenta de que la vida de él era más ordinaria que extraordinaria.

Usted puede estar pensando: “Pero la vida de Daniel fue extraordinaria. Él desafió la muerte al no aceptar comer del banquete del rey, interpretó el sueño de Nabucodonosor, descifró las palabras en la pared que habían sido escritas por Dios, fue lanzando en el foso de los leones y no fue devorado”. Estoy de acuerdo con usted. Todo eso ocurrió en la vida de Daniel, pero lo que muchas veces no percibimos es la extensión del tiempo en la vida de él y el tiempo entre estos eventos.

La escritora Elena de White afirma que “Daniel sólo tenía dieciocho años cuando fue llevado a una corte pagana para entrar al servicio del rey de Babilonia” (Testimonios para la Iglesia, v.4, p. 562). En ese momento, él desafió la muerte y decidió ser fiel a Dios al no contaminarse con las finas delicias del rey. Eso está relatado en el primer capítulo de su libro. En el capítulo 2, él es llevado a la presencia de Nabucodonosor para interpretar el sueño del monarca, pero a pesar de que los dos capítulos están juntos en la Biblia, la llegada a Babilonia y la interpretación del sueño ocurrieron con una diferencia de tres años. Daniel y sus amigos debían ser criados “tres años, para que al fin de ellos se presentasen delante del rey” (Daniel 1:5).

La otra cosa extraordinaria relatada en la historia de Daniel está registrada en el capítulo 5, cuando él es llevado ante Belsasar para interpretar las palabras misteriosas escritas en la pared. Belsasar no es el sucesor inmediato de Nabucodonosor. Otros cuatro emperadores lo precedieron. Hay una diferencia de 40 años entre el capítulo 4, cuando Daniel interpreta el segundo sueño de Nabucodonosor, y el capítulo 5, cuando lee la escritura en la pared del palacio de Belsasar. Poco después, en el capítulo 6, Daniel es lanzando en el foso de los leones durante el reinado de Darío el Medo, alrededor del 538 a. C. Así, Daniel tenía alrededor de 85 años en el momento que ocurrieron los episodios del capítulo 6.

La gran pregunta es: ¿quién era Daniel en los grandes intervalos de tiempo entre esos eventos extraordinarios? La respuesta es simple. Él era un siervo común, regular y ordinario del Señor. Esos puntos extraordinarios de su vida ocurrieron como resultado de la manera como él vivía entre esos intervalos de tiempo. En otras palabras, él vivió lo extraordinario porque no huyó de lo ordinario.

Construcción diaria

 Por desgracia, tenemos que admitir que estamos huyendo de lo ordinario en la vida cristiana. Por eso no estamos viviendo lo extraordinario de Dios en nuestra historia. Para mí, la mayor prueba de que la vida de Daniel era regular en el hábito de andar con Dios es la siguiente: “Cuando Daniel supo que el edicto había sido firmado, entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes” (Daniel 6:10).

¡Ese es uno de los momentos más extraordinarios en la vida de Daniel! Él estaba listo a enfrentar a los leones hambrientos del rey, pero el texto bíblico destaca a propósito que ese hombre, con más de 80 años, tres veces por día se ponía de rodillas, oraba y daba gracias ante Dios, como era su costumbre. Esto es lo ordinario en un momento extraordinario.

Es aquí donde muchos de nosotros fallamos. Queremos entrar en el foso de los leones, pero no queremos orar tres veces por día. Queremos la plenitud de la lluvia tardía, pero no queremos despertarnos de madrugada diariamente e ir a la presencia de Dios y clamar por el Espíritu Santo. Queremos abrir el Mar Rojo, pero no queremos pasar 40 años en el desierto siendo transformados por Dios. Queremos vencer en la vida cristiana, pero no queremos ejercitarnos para eso.

Que Dios nos ayude a vivir de manera constante en la presencia de Dios para estar listos para experimentar lo extraordinario del poder de Dios en nuestra vida.

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