Jueves 27 de Enero de 2022 | Matutina para Mujeres | Sin calcomanías

Matutinas febrero 1, 2022
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Sin calcomanías 

“Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida” (Isa. 43:4).

En la tierra de los wemmicks, en el bellísimo cuento de Max Lucado, cada muñeco de madera, cada wemmick, es único y diferente. A estas criaturas, sin embargo, les gusta pasarse la vida evaluando la conducta, el talento y la apariencia de los demás. Si un wemmick actúa o luce bien, otro wemmick le pega una calcomanía de una estrella de oro. Sin embargo, si su conducta o apariencia no es aprobada, recibe calcomanías grises.

En la aldea hay un wemmick llamado Punchinello. Cada día, él intenta recibir estrellas doradas, pero solo le dan calcomanías grises. Punchinello está muy triste, hasta que se encuentra con Lucía y se da cuenta de que ella no tiene pegada ninguna calcomanía; ni dorada ni gris. ¿Cuál es su secreto? Lucía visita al carpintero Elí todos los días. Por esto no se le pegan las calcomanías que otros wemmicks quieren darle. El cuento termina cuando Punchinello decide visitar a Elí y comprende lo que el carpintero realmente piensa de él. Elí le dice: “Cuanto más te importe mi opinión, menos se te pegarán las calcomanías”.

Obviamente, las opiniones de los demás influyen en nosotros (y hasta cierto punto esto es normal y lógico). Sin embargo, como el carpintero del cuento le dice a Punchinello, cuanto más nos aferremos a la opinión que Dios tiene de nosotras, menos poder tendrán las críticas y los aplausos de los demás. Podrán importar, sí, pero no definirnos.

¿Sabes qué es lo que Dios piensa acerca de ti? Que tienes un valor inestimable y que él te ama (Isa. 43:4); que te formó con sus propias manos para darte una vida con sentido y propósito (Efe. 2:10); que eres heredera de las promesas y más que vencedora (Rom. 8:17, 37); que eres su embajadora y su representante escogida (2 Cor. 5:20; 2 Ped. 2:9); y que eres redimida, perdonada y libre de condenación (Efe. 1:7; Rom. 8:1).

Al comenzar el día hoy, tómate un momento para recordar lo que Dios realmente piensa de ti. Deja que sus palabras te definan. Permite que la verdad sea como un óleo santo, que cubre cada rincón de tu corazón e impide que las calcomanías de los demás se te peguen.

Señor, gracias por liberarme del peso de las opiniones de los demás con la verdad de tu Palabra. Yo soy exactamente quien tú dices que soy. Cada palabra que has pronunciado acerca de mí es cierta y la acepto. Yo soy tu hija. Soy amada infinitamente. Soy libre y perdonada.

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