Jueves 16 de Febrero de 2023 | Matutina para Jóvenes | Vacío envasado

Tiempo de lectura: 2 minutos

Vacío envasado

Él los recibió de sus manos, le dio forma con un buril e hizo de ello un becerro de fundición. Entonces ellos dijeron: ¡Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto! Éxodo 32:4.

¿No te has preguntado alguna vez cómo pudo pasar esto? El pueblo hebreo había sido liberado de la esclavitud egipcia, de la servidumbre a dioses caprichosos, de la construcción de templos. Había cruzado el mar y visto cómo el mejor ejército del mundo se perdía bajo las aguas. Había disfrutado de la sombra de la columna de humo en el día del ardiente desierto y del calor de la columna de fuego en la noche del gélido desierto. Tantas maravillas cotidianas y, en apenas unos días, van y se fabrican imágenes de metal. ¿Cómo pudo pasar esto?

Te propongo una respuesta a esta incoherencia. Tomo la cita de Eduardo Galeano, el escritor uruguayo, que afirma: “Estamos en plena cultura del envase. El contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo y la misa más que Dios”. En el tiempo del Éxodo, al pueblo hebreo le importaban más las formas religiosas que la misma religión. Preferían lo tangible aunque los sometiera, que lo personal que los liberaba. Lo peor es que vivimos –quizá fue siempre así– en una sociedad similar. Muchos escogen el envase de la religión en lugar de la religión misma. Es por ello que se prefiere la experiencia momentánea a la relación con Dios, la forma al fondo. Es más fácil inclinarse ante la estatua de un becerro que tener una conversación a corazón abierto con Dios. Es más fácil vestirse para la iglesia que desnudarse ante el Señor. Es más fácil oír un sermón que dialogar con Dios. Las formas no valen mucho sin contenido. Una experiencia espiritual que solo tiene convenciones es desilusionante, porque no sirve de nada envasar el vacío.

Imaginen que reciben un regalo envuelto con la más exquisita técnica de embalar, el furoshiki, y al abrirlo se encuentran con… nada. Por mucho que les argumentaran que habían empleado la técnica japonesa más selecta, seguirían pensando que dentro no hay nada. Quizá, con sus más y sus menos, así se siente Dios cuando solo le presentamos el envase de nuestra vida mientras nuestro corazón está en manos de otros ídolos, estrellas y celebridades.

Por tanto, les propongo que les sea de más importancia el amor, las personas y, por supuesto, Dios que cualquier envase. Un envase se puede reducir, el amor no. Un envase se puede reciclar, las personas no. Un envase se puede reutilizar; a Dios, nunca.

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