Jueves 13 de Enero de 2022 | Matutina para Adultos | ¿Qué podría dar yo hoy?

Tiempo de lectura: 2 minutos

¿Qué podría dar yo hoy?

«No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda». Hechos 3: 6

LOS APÓSTOLES PEDRO Y JUAN habían ido al templo a orar, como a las tres de la tarde. Ahí encontraron a un hombre que era cojo de nacimiento, de unos cuarenta años (Hech. 4: 22), «que era llevado y dejado cada día a la puerta del Templo que se llama la Hermosa, para que pidiera limosna» (3: 2). ¿Qué mejor lugar para pedir limosna?

Al templo acudían los adoradores alrededor de las nueve de la mañana, las tres de la tarde y a la puesta del sol. Según el relato bíblico, cuando el cojo vio a los apóstoles entrar al templo, les pidió una limosna. Entonces, Pedro, mirándolo fijamente, le dijo: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda». ¿Qué ocurrió cuando el poderoso nom­bre de Jesús fue invocado? Dice la Escritura que «al instante [al hombre] se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el Templo, andando, saltando y alabando a Dios» (vers. 7-8).

Ni siquiera en sus mejores sueños, cruzó por la mente de este hombre lo que ese día ocurriría en el templo. Fue a pedir limosnas, pero en lugar de unos pocos centavitos, ¡pudo caminar! Nunca había podido entrar al templo; al menos, no caminando, pero eso fue lo primero que hizo «andando, saltando y alabando a Dios». ¿Quién podía culparlo de expresar así el gozo que inundaba su corazón?

Hay en este pasaje de la Escritura una preciosa lección. ¿No podían los após­toles, al igual que otros, dar a este pobre mendigo algunas moneditas? Claro que podían, pero no lo hicieron porque tenían para él un don más grande, más valioso y más sublime que cualquier otro: el don de la salud otorgado en el poderoso nom­bre de Jesús.

¿Captamos todo lo que esto implica? Apenas semanas antes Jesús había sido crucificado; sin embargo, es en su nombre que se opera el milagro. La implica­ción es clara: hay poder inconfundible, insospechable, incomparable, en el nombre de Jesucristo. Él no es un Redentor muerto. ¡Es un Salvador vivo! Como bien lo dijo Pedro ese día: él es el Santo y Justo (Hech. 3: 14), el Autor de la vi­da (vers. 15), el Mesías de la profecía (vers. 18), el enviado de Dios (vers. 26). Lo fue ayer, y lo será hoy y siempre.

¿Qué podrías dar tú hoy? ¿Qué podría dar yo?

Hoy es un excelente día para hablarle a alguien del poderoso nombre de Jesús de Nazaret, y todo lo que eso significa.

Amado Jesús, no tengo oro ni plata, pero tengo tu amor en mi corazón. ¡Ayúdame a compartirlo hoy con quienes me rodeen!

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