Eternidad a prueba de fallas

Blog febrero 18, 2022
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Mientras Jesús sea eterno, eterna será la paz. Y Jesús es eterno, entonces ¡seremos eternamente a prueba de fallas! (Shutterstock)

“Failproof” es una palabra difícil de traducir al pie de la letra, pero lo intentaremos. Es un término utilizado para cosas o situaciones que contienen mecanismos que impiden la aparición de fallas. Define normalmente algo que está preparado para soportar cualquier adversidad que llegue a existir, sin hacer concesiones a cualquier falla o posibilidad de error. Pocas cosas en este mundo son realmente “failproof”, por eso, es hasta difícil citar ejemplos. Sería algo en español como “a prueba de fallas”.

Algo que siempre me intrigó es: ¿Cómo pretende Dios mantener la libertad por toda la eternidad y aun así que el pecado no vuelva a nuestra realidad? ¿Cómo hará Dios para impedir que seres libres elijan otra vez algo equivocado?

Considere esas interrogaciones, porque normalmente huimos de ellas. Y la mayoría de las veces respondemos con “milagros”. O sea, Dios hará algún milagro para que las cosas funcionen así. Sin embargo, es una paradoja a la que no pueden llegar ni los “milagros” pueriles de nuestros pensamientos. Si hay libertad, no hay trabas. Pero si no hay trabas, ¿cómo no se levantará el mal nuevamente?

Dos respuestas y dos motivaciones pueden presentarse. La primera es bien lógica: cuando pecamos por primera vez, el mal no era más que un concepto abstracto, del cual no conocíamos las consecuencias. Hoy todavía podemos conceptuarlo, pero lo conocemos bien de cerca, de manera tangible. Sentimos sus efectos en nuestra vida diaria y social. El pecado ahora es un conocimiento concreto. Vemos sus efectos fatales. Y muchas veces irreversibles. Y ese conocimiento terrible permitirá que los seres humanos, ahora con el control total de sus libertades (ese control que perdimos en el Edén después de la caída), decidan libremente nunca más volver al pecado y estar alejados de Dios.

La segunda motivación para mantener la pureza en la libertad después del pecado no tiene que ver con nosotros. Está en la percepción de Dios en sí. Percibiremos que una de las más terribles consecuencias de nuestro pecado recayó sobre Dios mismo. Cuando Jesús murió en la cruz para salvarnos de nuestra condenación, fuimos sorprendidos por un doble impacto:

Lo que hicimos con Dios.Lo que Dios hizo por nosotros.

Creo que ese es el motivo real por el cual “el mal nunca más se levantará” (Nahúm 1:9). Y también es el mejor motivo, puesto que el primero se centra en lo que el mal me causó a mí y el segundo en lo que el mal le causó a Dios.

El primer asombro es egoísta, el segundo es altruista. Al reflexionar sobre la cruz, nuestro pensamiento en el YO pasa al pensamiento en DIOS. Por eso, cuando vemos lo que el mal le causó a Dios, lo que queda realmente como palabra final es lo que Dios fue capaz de hacer por nosotros. El amor domina la escena que el pecado dirigió.

Con esto concluyo que Jesucristo es la traba de seguridad de la eternidad, el “mecanismo” que garantiza que el cielo será a prueba de fallas. Y, por eso, la más importante de las transformaciones es que seremos transformados en personas que “se niegan a sí mismos” (Lucas 9:23) y “aman a Dios de todo su corazón”. Por eso, lo que realmente importa es desarrollar una profunda fidelidad con Dios al punto de negarse a sí mismo y al punto de amar como él amó. La decisión más importante de la vida es esa. Quien vive así está listo para el cielo. Quien vive así tiene el derecho de recibir de vuelta su libertad perfecta. Quien vive así ama. Solo personas así pueden construir la sociedad eterna. La sociedad del cielo.

Lo que garantiza de verdad que la eternidad será perfecta y sin fallas son los seres libres que aman a Dios con todo su corazón y no ponen sus propios intereses en el camino. La presencia de aquel que es amado por todos es el último y único argumento necesario para el completo bloqueo de la “reentrada del pecado”.

Mientras Jesús sea eterno, eterna será la paz. Y Jesús es eterno. El “failproof” es eterno. Ese conocimiento afecta mi vida ahora. Hoy no podemos ser perfectos, pero cuanto más amamos a Jesús de verdad y de corazón, cuanto mayor sea nuestra fidelidad y dedicación a él y cuanto menos prioricemos nuestro yo, más seguros estaremos en el Eterno. Más paz sentiremos. Menos mal causaremos, pues Jesús es nuestra absoluta motivación.

Cada vez que me niego a mí mismo y lo amo más preparo mi carácter para una vida eterna. Jesús es nuestra seguridad. Él es nuestra cura.

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