EL PACTO SEGUNDA PARTE

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No es por un poder inherente por lo que año tras año produce la tierra sus frutos y sigue en su derrotero alrededor del sol. La mano de Dios guía a los planetas y los mantiene en posición en su marcha ordenada a través de los cielos, Es su poder el que hace que el verano y el invierno, el tiempo de sembrar y de recoger, el día y la noche se sigan uno a otro en sucesión regular. Es por su palabra como florece la vegetación, y como aparecen las hojas y las flores llenas de lozanía. Todo lo bueno que tenemos, cada rayo del sol y cada lluvia, cada bocado de alimento, cada momento de la vida, es un regalo de amor.

Cuando nuestro carácter no conocía el amor y éramos «aborrecibles» y nos aborrecíamos «unos a otros», nuestro Padre celestial tuvo compasión de nosotros. «Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia» Tito 3:5. Si recibimos su amor, nos hará igualmente tiernos y bondadosos, no solo con quienes nos agradan, sino también con los más defectuosos, errantes y pecaminosos (El discurso maestro de Jesucristo, p. 65).

Mientras mirábamos este cuadro, el sello y la señal de la promesa hecha por Dios al hombre de que la tempestad de su ira no desolaría nunca más al mundo con las aguas de un diluvio, vimos que otros ojos que no eran finitos también contemplaban esta escena. Los ángeles se regocijan cuando miran esta preciosa señal del amor de Dios al hombre. El Redentor del mundo la contempla, porque fue mediante su intervención como este arco se colocó en los cielos como una señal o pacto de promesa para el hombre. Dios mismo contempla el arco en las nubes, y recuerda su pacto eterno entre él y el hombre… El arco iris representa el amor de Cristo que rodea la tierra, y llega hasta las profundidades de los cielos relacionando a los hombres con Dios, y uniendo la tierra con el cielo.

Cuando contemplamos esta hermosa escena, podemos regocijarnos en Dios, al tener la seguridad de que él mismo contempla esa señal de su pacto, y de que cuando él la ve recuerda a los hijos de la tierra a quienes les fue dada. Sus aflicciones, peligros y pruebas no pasan inadvertidos para él. Podemos regocijarnos en esperanza, porque el arco del pacto de Dios está entre nosotros. El nunca olvidará a sus hijos del cuidado divino. Cuán difícil es para la mente del hombre finito apoderarse del amor peculiar y la ternura de Dios, y su incomparable condescendencia cuando dijo: «Y estará el arco en las nubes, y verlo he para acordarme del pacto perpetuo entre Dios y toda alma viviente» (Nuestra elevada vocación, p. 316).

Debemos enviar nuestras peticiones a través de las nubes más oscuras que Satanás pueda echar sobre nosotros, y debemos hacer que nuestra fe suba hasta el trono de Dios rodeado del arco iris de la promesa, la seguridad de que Dios es fiel, de que en él no hay mudanza ni sombra de variación.

Debemos allegarnos al trono de la gracia con reverencia, recordando las promesas que Dios ha dado, contemplando la bondad de Dios y ofreciendo alabanzas de agradecimiento por su inmutable amor. No debemos confiar en nuestras oraciones finitas, sino en la palabra de nuestro Padre celestial, en la seguridad de su amor por nosotros (En los lugares celestiales, p. 127).

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Notas de Ellen G. White para la Escuela Sabática 2022.
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