Domingo 09 de Octubre de 2022 | Matutina para Mujeres | Iglesia

Matutinas octubre 5, 2022
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Iglesia

“Sean comprensivos con las faltas de los demás y perdonen a todo el que los ofenda. Recuerden que el Señor los perdonó a ustedes, así que ustedes deben perdonar a otros” (Col. 3:13, NTV).

Cada vez que viajaban a Silo para adorar, sucedía lo mismo. Penina se burlaba de ella durante todo el viaje, y usaba cada oportunidad para herirla. Disfrutaba echarle en cara su esterilidad y recordarle que había fallado como mujer. En los tiempos bíblicos, se consideraba que los hijos eran una señal de aprobación de Dios. Por lo tanto, la esterilidad en el matrimonio era vista como una maldición y una afrenta. Para cuando llegaba el momento del sacrificio y su marido, Elcana, le daba la mejor porción de carne, Ana estaba tan triste que ya no podía comer. ¡Penina la había amargado al punto de quitarle aun este pequeño consuelo! Año tras año sucedía lo mismo; la misma tortura emocional. Como Elcana no podía soportar verla llorar, le decía: “¿Por qué lloras? ¿Solo por no tener hijos? Me tienes a mí. ¿No soy mejor que diez hijos?” Aunque Ana sabía que él la amaba, sus palabras le traían poco consuelo. Elcana no comprendía su vergüenza, o el dolor de tener que compartir a su marido con otra mujer.

Después del sacrificio, Ana se fue a orar. Angustiada profundamente, Ana lloraba mientras oraba, moviendo los labios, pero sin emitir sonido alguno. Viéndola el sumo sacerdote Elí, la acusó de estar borracha:

“¿Tienes que venir borracha? —le reclamó—. ¡Abandona el vino!” (1 Sam. 1:14, NTV). Tristemente, es justamente en el Tabernáculo, en la iglesia, donde Ana es maltratada. Ella no puede disfrutar del sacrificio, porque Penina se mofa. Luego, el sumo sacerdote la acusa de ser una mujer perversa. ¡Es justamente en la iglesia donde Ana sufre más! Su reacción ante este maltrato es un testimonio de su carácter. Ana no se calla, martirizándose, ni grita indignada. Con respeto, ella explica que no está ebria, sino angustiada. Admitiendo su error, el sumo sacerdote la bendice.

Ninguna iglesia será perfecta mientras seamos parte de ella. Como seres humanos, tenemos la capacidad de herir y de ser heridas. “Aquí está la lección: los grandes hombres y mujeres de Dios no están exentos del dolor y la ofensa”, escribe Stephen Mansfield en Healing Your Church Hurt [La sanación del dolor causado por la iglesia]. “En cambio, soportar las heridas de otros cristianos con misericordia y gracia parece ser el llamado de todo santo verdadero”. Soportar no significa martirizarse, ni irse dando un portazo. Implica resolver las diferencias con respeto y gracia; lo cual es más difícil, pero mejor.

Señor, quiero aprender a resolver conflictos con sabiduría y a perdonar con humildad. Ayúdame a no evadir conversaciones difíciles. ¡Dame tu amor y prudencia al hablar! Amén.

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