Cuestiones sobre los judíos, antisemitismo y adventismo

Relación con Dios enero 20, 2023
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Reflexiones sobre determinados aspectos acerca de los judíos ayudan a fortalecer una comprensión correcta sobre ellos. (Foto: Shutterstock)

No es poco común que los adventistas sean llamados judaizantes modernos. Eso como consecuencia de nuestra posición con relación a mantener la adoración sabática en el séptimo día, a las leyes de salud y el énfasis en la continuidad de la revelación de la Biblia hebrea en el Nuevo Testamento.

O sea, teológicamente, nos ven como herederos voluntarios del judaísmo. Y eso, de alguna forma, parece incomodar. Además, como entendemos nuestro origen como herederos de la Reforma Protestante, también de ellos heredamos el lenguaje, la visión del mundo y la teología que todavía están pesadamente imbuidas del antisemitismo que azotó en aquellos tiempos. La idea de una relación hegeliana entre cristianismo y judaísmo, como vimos en los siglos primitivos, acabó por ser reeditada en medios adventistas ahora como adventismo y judaísmo.

Sin embargo, no encontramos en el medio del adventismo actitudes abiertamente antisemitas. En verdad, el antisemitismo en nuestro medio es mucho más teórico y teológico que en la práctica. Eso se debe, pienso yo, a la visión misiológica de la iglesia Adventista del Séptimo Día (IASD), que afirma la necesidad de la predicación a todos los pueblos, incluyendo los judíos. Por otro lado, el contenido de la predicación adventista en muchas situaciones es todavía pesadamente antisemita, incluyendo mensajes desde el púlpito o también interpretaciones de las Escrituras, como veremos a continuación.

Relaciones históricas

Paul Lippi, en una entrevista reveladora a la revista Shabbat shalom, organismo oficial de la IASD para la comunicación del ministerio entre los judíos, declaró que algunos judíos dejaron la comunión adventista en consecuencia del antisemitismo en el púlpito.

Él entiende que el antisemitismo adventista brota de dos variables: primero, en sus palabras, el adventismo posee una mala teología. El segundo motivo es la herencia de la Reforma. En lo que atañe a la primera, tengo alguna dificultad en concordar. Excepto que hay una especificidad mayor, o sea, el adventismo todavía posee una mala teología en relación con el judaísmo, lo que considero como resultado de la segunda, o sea, una herencia del antisemitismo de la Reforma.

De hecho, cuando miramos la manera como interpretamos dichos neotestamentarios, principalmente paulinos y juaninos, el amargo sabor del antisemitismo reformado se hace más presente. En otros trechos de nuestra interpretación profética y del lenguaje evangelístico tenemos el mismo problema. Veamos algunos ejemplos.

Setenta semanas

Nuestro esquema tradicional de interpretación profética asevera que la muerte de Esteban marcó el fin del período de las setenta semanas de Daniel 9:24-27 y el rechazo de los judíos. Es fácilmente perceptible el problema misiológico de esa interpretación, pero dejamos de percibir algunos problemas exegéticos de ella. No es posible, en el ámbito de este texto, entrar en cada cuestión que demuestra que es necesario rever ciertos detalles, que no cambian la veracidad de la interpretación, sino que se encuadran mejor en el contexto. La profecía debe proveer a Daniel ánimo y esperanza acerca de Jerusalén, y un mensaje de rechazo del pueblo no condice con esa necesidad.

El uso del apedreamiento de Esteban no impone una carga demasiado negativa a la profecía, y no considera el uso del término navi (profeta) en lugar de nevua (profecía). O sea, la idea aquí es sellar a un profeta y no a una profecía.

El término utilizado para muchos (rabim) posee la connotación de universalidad. E indica que el pacto fortalecido por el Príncipe Mesías incluiría pueblos y no los excluiría. Esa comprensión, aliada con el uso del término profeta y de la expresión “sellar… un profeta”, parecería señalar más hacia Pablo, su conversión y trabajo en favor de la universalización del pacto que hacia Esteban, que en realidad le serviría como catalizador.

A los suyos vino (Juan 1:11)

No son pocos los sermones que utilizan ese texto para decir que Jesús vino para los judíos y los judíos no lo recibieron. No obstante, todo el contexto del capítulo 1, formulado en base a Génesis 1, señala hacia la humanidad y no al judaísmo. Fue la humanidad, creada por Dios, que no lo recibió, y no solo el judaísmo.

Parábola del hijo pródigo (Lucas 15)

Aunque ese texto no sea interpretado de manera antisemita, hay un problema. Se trata de la falta de visualizar el foco de la parábola, lo que termina siendo un ejemplo claro de como una tradición interpretativa interfiere en la visión correcta del texto.

Todo nuestro foco en esa parábola está en el hijo pródigo, como si ese fuera el foco de la historia. Cuando mucho, nos movemos hacia el padre, en un símbolo de Dios, que espera a su hijo que está lejos. La parábola, sin embargo, está en el contexto de un diálogo de Jesús con los fariseos ante su frialdad. Y también desdén hacia los que aceptaban el mensaje del Maestro.

En ese diálogo, el foco no está en el hijo que se fue, ni en el padre que lo espera, sino en el hijo que no se alegra con el regreso. Un hijo que no quiere participar de la fiesta, dada para el hijo que despilfarró las bendiciones, mientras él “hacía todo” lo que el padre le pedía, o sea, era obediente al extremo. El padre, ante las quejas y tristezas del hijo mayor, no se exaspera, ni lo echa de su presencia, sino que le reafirma que es su hijo, tan amado como el otro y que todo lo que le pertenece al padre, le pertenece igualmente al hijo.

Es demasiado claro el propósito de Jesús y a quien representa cada personaje: el hijo que partió son los gentiles; el Padre es Dios; y el hijo mayor son los judíos, quienes, en vez de alegrarse con el regreso de sus hermanos, terminan por apartarlos. Aun así, siguen siendo hijos a quienes pertenecen las bendiciones.

Fiestas de los judíos

Un ejemplo de expresión antisemita comúnmente utilizada es “fiestas judías”. No que la expresión en sí lo sea. El problema es la forma utilizada, puesta en contraposición al sábado, que es la fiesta de Dios. Los sábados, que llamamos ceremoniales, son meramente “fiestas judías”, son “vuestros sábados”, en antítesis a “mis sábados”; es la ley ceremonial mosaica, mientras la ley de los Diez Mandamientos es la Ley de Dios. Pero el hecho bíblico está lejos de esa distinción peyorativa. Si existen aspectos ceremoniales, legales y morales en la Torá, es igualmente cierto que tales aspectos distintos están en la misma Ley y son parte de un todo. No existen fiestas o sábados judíos en la ley judía: existe solo la Ley de Dios, dada al mundo, por medio del pueblo judío.

Habría infinitos otros ejemplos de textos sobre los cuales podríamos reflexionar. Y que en una lectura más precisa llevarían lejos del antisemitismo que abunda en nuestro medio. Romanos 9-11, por ejemplo, debería ser entendido plenamente como afirmando la realidad de una unión entre el pueblo de Israel, según la descendencia, con el pueblo de Israel según el evangelio, siendo un único pueblo, unido a la promesa abrahámica.

Finalmente, el texto clave para el establecimiento del nuevo pacto, citado en Hebreos 8:8, es Jeremías 31:31 en adelante. En los versículos 34 y 35 está la promesa de que Israel continuará siendo una nación delante de Dios, mientras haya cielo. La expresión utilizada en el texto indica que Israel continuaría siendo un pueblo especial para Dios mientras las leyes fijas del universo existieran.

La muerte de Jesús

Otro ejemplo de antisemitismo que encontramos en nuestros sermones y estudios es la declaración no calificada de que los judíos mataron a Jesús. De hecho, hubo una conspiración terrenal para la muerte de Jesús. Enfocar ese aspecto, sin embargo, oscurece que la muerte de Cristo fue de verdad fruto de un plan mayor, el plan de la redención. Es necesario recordar que Jesús vino al mundo para ser el cordero que quita el pecado del mundo (Juan 1:28, 29) y que su muerte es la base de la esperanza bíblica, ya declarada en Génesis 3:15. Él era, también, la ofrenda perfecta (Hebreos 9:12), sin la cual viviríamos en profunda e irremediable desesperanza.

Israel cumplió inconsistentemente su papel en el plan divino, siendo un mecanismo en las manos de la divinidad, para ofrendarse a sí mismo por la humanidad. Por eso, Jesús dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34), pero nosotros sabemos lo que ellos hacían y lo que él hacía.

Reflexiones finales

Algunas reflexiones merecen ser hechas después de analizar esos ejemplos de lectura antisemita del texto bíblico. Los textos señalan en dirección de una interpretación que no carga el antisemitismo en su herramienta. Nos resta preguntar si eso no diluiría a la Iglesia Adventista en una entidad no necesaria y daría razón al dispensacionalismo mesiánico. Y la respuesta es no. Leer el texto bíblico en su contexto, sin presuposiciones antisemitas, nos impide también tener presuposiciones dispensacionalistas. Porque no podemos impedirle al texto decir lo que dice, ni forzarlo a decir lo que no dice. ¿Y qué dice el texto?

El texto habla de un tiempo en el que las bendiciones del pacto de Dios con el pueblo de Israel serían expandidas, universalizadas para todas las naciones (Génesis 12:1-3; Daniel 9:24-27). El texto también dice que todas las naciones están invitadas a adorar a Dios, sin distinción de etnia (Salmo 117; Salmo 15).

Además, el evangelio es un fenómeno que desconoce barreras nacionales (Apocalipsis 14:6). El texto también afirma que no existe nosotros contra ellos, sino nosotros y ellos en ÉL (Romanos 11). Como adventistas del séptimo día, recibimos la invitación de Dios a pertenecer al grupo mayor que las Escrituras llaman Pueblo de Dios. Mientras, como remanentes que empuñan el estandarte del Mesías, reconocemos la autoridad de las Escrituras como un todo, y eso muestra que el Dios al que adoramos en nuestra vida es el mismo Dios que llamó, bendijo y cuidó de Israel y que él también cuidará de nosotros.

Al final, los adventistas no necesitan convertirse al judaísmo para tener una experiencia real con Dios. Esa experiencia se encuentra, no en la nación de Israel, sino en el Mesías de Israel, presentado en las páginas de la Biblia hebrea, como venidero, y en el Nuevo Testamento, como que ya vino. Si miramos hacia él y nos enfocamos en él, no habrá más antisemitismo, ni ellos o nosotros, sino un solo pueblo el Kol Israel, todo Israel, recibiendo el cumplimiento de la preciosa promesa de Dios a Abraham en Cristo, el Rey, y no seremos más hermanos separados, sino hijos unidos por la eternidad.

Sérgio Monteiro es licenciado en Teología, con una maestría en Teología Bíblica, y cursa el doctorado en Biblia Hebrea por la Theologische Universiteit Apeldoorn.

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