¿Cómo combatieron el racismo los pioneros adventistas?

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Los desafíos existen y no son desconocidos por los religiosos adventistas. Pero el pasado muestra una historia de posiciones contrarias a cualquier práctica de discriminación. (Foto: Shutterstock)

En 1943, Lucy Byard, una mujer negra norteamericana, entró en un cuadro severo de neumonía. Como adventista del séptimo día, encontró una esperanza de tratamiento en el Sanatorio Adventista de Washington. La mujer, sin embargo, no fue atendida. Ese hospital denominacional tenía como público personas blancas, de manera que tuvo que ser enviada al Hospital de los emancipados. Sin atención, el estado de salud delicado se agravó todavía más. Lucy finalmente murió. [1]

La exclusión social deja un rastro de sangre en la historia de las grandes denominaciones históricas, y la Iglesia Adventista del Séptimo Día no está inmune a eso. No obstante, mirar solo los aspectos negativos es un recorte peligroso de la historia. Las contribuciones del adventismo a la lucha contra la esclavitud y el racismo están repletas de ejemplos virtuosos desde los pioneros adventistas.

Milleritas y pioneros

Algunos de los responsables del movimiento religioso arrebatador del siglo XIX estuvieron profundamente comprometidos con la causa abolicionista, impopular para muchos de la época. En el mismo sentido, el también historiador Richard W. Schwarz afirma que “las convicciones abolicionistas de la mayoría de los conferencistas milleritas los hacían personae non grata [personas no bienvenidas o no aceptables] en el sur”. [2] José Bates (1792-1872), uno de los fundadores de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, enfrentó problemas durante muchos viajes debido a sus visiones abolicionistas. En una ocasión, fui interrogado por un juez bajo la acusación de que él “había venido a llevar a nuestros esclavos”. En algunas de esas ocasiones se le impidió predicar en ciudades. Bates también fundó una sociedad antiesclavista en Rochester, donde había nacido.

Esa falta de receptividad por parte de los sureños, que eran mayormente esclavistas, se hace comprensible al leer las palabras de Joshua V. Himes, que no solo participó en la fundación de la Sociedad Antiesclavista de Massachusetts, sino que también tuvo importancia para la Sociedad Antiesclavista de Nueva Inglaterra. Su esposa era una de las directoras de la Sociedad Femenina Antiesclavista de Boston. Himes también defendió que los dueños de esclavos y defensores de esa práctica no deberían ser aceptados como adventistas milleritas, puesto que “corromperían la organización”.[4]

El primer presidente de la Iglesia adventista del Séptimo Día, John Byington (1798-1887), también fue un abolicionista activo. Acompañado de su hermano Anson y otros miembros de la familia integró la American Anti Slavery Society. La familia Byington también daba apoyo a la Uniderground Railroad, una compleja red de rutas y escondite secreto que suplía las necesidades de esclavos en busca de libertad. John formó parte de Liberty Party, organización política que defendía el abolicionismo y la separación entre el estado y la iglesia. Los Byington también estaban involucrados con publicaciones contrarias a la esclavitud y participaron de diversas otras organizaciones que defendían esos valores.

Elena de White

Elena de White también estuvo comprometida con la causa de la libertad de los negros. Consciente de que involucrarse con la causa podría perjudicar el avance de la predicación, no dejó de dar declaraciones contundentes: “Sé que lo que voy a decir ahora me traerá conflictos. Quisiera no tenerlos, pues ya bastan los conflictos que parecen perdurar en los últimos años; pero no es mi intención vivir como una cobarde ni morir como una cobarde, dejando mi obra por hacer. Es mi deber seguir los pasos del Maestro. […] El Dios del hombre blanco es el mismo Dios del hombre negro, y el Señor declara que su amor por el menor de sus hijos excede al amor de una madre por su hijo amado. Los ojos de Dios están sobre todas sus criaturas, él las ama a todas, y no establece diferencia alguna entre el blanco y el negro; la única diferencia que hace consiste en tratar con especial y tierna compasión a los que tienen que soportar cargas más pesadas que otros. […] El nombre del negro queda escrito en el libro de la vida junto al nombre del blanco. Todos son uno en Cristo. El nacimiento, la posición social, la nacionalidad o el color no pueden elevar o degradar al ser humano”.[5]

Cristianismo y racismo

Datos como ese muestran la necesidad de reflexión. Los activistas negros afirman que el cristianismo fue una herramienta de legitimación de la violencia. La participación efectiva de la fe en el mantenimiento del sistema esclavizador es de hecho innegable. A pesar de eso, el papel de la fe cristiana es fundamental para comprender el combate al racismo.

Joaquim Nabuco (1849-1910), político brasileño importantísimo en la lucha contra la esclavitud en Brasil, reconoce que “en otros países la propaganda de la emancipación fue un movimiento religioso, predicado del púlpito, sustentado con fervor por las diferentes iglesias y comuniones religiosas. Entre nosotros, el movimiento abolicionista infelizmente nada debe a la iglesia del Estado; por el contrario, la posición de hombres y mujeres en los conventos y en todo el clero secular desmoralizó completamente el sentimiento religioso de señores y esclavos”.[6]

Las palabras de Nabuco resuenan en las contribuciones de religiosos ingleses, como John Wesley (1703-1791), uno de los grandes nombres de la historia del protestantismo, que fue fundamental en el combate a la esclavitud”.[7] Nabuco tuvo una sensibilidad notable en comprender que la fe cristiana está llena de ambivalencias y contradicciones. Cuando el asunto es racismo, los cristianos están entre los principales villanos, como también de los héroes. La fe cristiana fue manipulada para servir a una defensa de la esclavitud. Al mismo tiempo, la misma fue fundamental para el combate al racismo como un todo. Entre los adventistas, eso no es diferente.

Como bien notó George R. Knight, uno de los principales historiadores de la denominación, “el prejuicio racial (como también otros pecados) no es totalmente erradicado de la mayoría de los cristianos cuando esos se convierten. Ni las tensiones raciales enraizadas en una cultura pueden ser superadas con facilidad por las iglesias que viven en ese ambiente social. Por eso es lamentable, pero no sorprendente, que los adventistas hayan tenido su porción de víctimas de cuestiones raciales”.[8]

Las ambivalencias de la historia adventista y cuestiones raciales revelan ejemplos preciosos de cómo actuar. Las tensiones raciales todavía existen. La intensificación revela nuevos problemas y un buen enfoque puede encontrarse en las palabras equilibradas de Elena de White. A pesar de estar temerosa por las consecuencias de asumir posturas de defensa de la igualdad racial, ella escribió:

“Siento aflicción de ánimo, mucha congoja, por la obra entre los afroamericanos. Hay que predicar el Evangelio a los de la oprimida raza negra. Pero será necesario ejercer mucha precaución en los esfuerzos realizados para la elevación de este pueblo. Los blancos, en muchos lugares, manifiestan un fuerte prejuicio contra la raza negra. Tal vez deseamos ignorarlo, pero no podemos. Si actuáramos como si ese prejuicio no existiera, no podríamos hacer brillar la luz ante la gente blanca. Debemos hacer frente a la situación tal como es y manejarla con sabiduría e inteligencia”.[9]

Lecciones importantes

De las palabras de Elena de White citadas arriba, además de los otros datos presentados, creo que es posible obtener algunas lecciones preciosas.

No debemos negar el hecho de que las desigualdades sociales graves ocurren todavía en la actualidad y la causa que prevalece es la etnia, que White llama “situación de desventaja”. El prejuicio, una consecuencia obvia del pecado, en sus más variadas formas, puede entorpecer la misión y excluir a muchos de la aceptación del mensaje. Ignorar el prejuicio no hará que desaparezca. En vez de eso, debemos presentar un enfoque cristiano para analizar ese fenómeno.

El tono beligerante, común al debate público, no es propicio para el contexto cristiano. Sin incorporar las ideologías de nuestra época, debemos desarrollar con sabiduría y equilibrio un pensamiento cristiano sobre este fenómeno.

La teología y las iglesias cristianas prestaron autoridad teológica a las ideas de supremacía racial, que también tenían respaldo en teorías pseudocientíficas. La participación de instituciones e individuos cristianos en la esclavitud, su silencio, omisión y hasta promoción de la desigualdad racial deben ser siempre contrastados con los ejemplos igualmente abundantes de la lucha contra ese mal. No se puede olvidar que muchos males causados por cristianos fueron corregidos por otros de la misma fe. Comprender los impactos del papel de la teología, buena o mala, en nuestro mundo nos protege de promover el mal. Y, al mismo tiempo, así podemos entender que nuestra historia tiene buenos ejemplos de cómo actuar frente a los problemas de nuestra era.

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Davi Boechat es periodista y estudiante de derecho.

Referencias

[1] KNIGHT, George R. Breve História dos Adventistas do Sétimo Dia, p. 138. Casa Publicadora Brasileña, 2000.

[2] SCHWARZ, Richard W. GREENLEAF, Floyd. Portadores de Luz, p. 52. Unaspress, 2016.

[3] Ibíd., p. 124.

[4] KNIGHT, George. Adventismo, p. 179. Casa Publicadora Brasileña, 2015.

[5] Elena G. White [Mensajes selectos, t. 2, p. 551] citada por DOUGLASS, Hebert E. Profecias Surpreendentes, p. 43. Casa Publicadora Brasileña, 2012.

[6] Nabuco, Joaquim. Abolicionismo, p. 43. Edições Câmara. 2019.

[7] Renders, Helmut. John Wesley e a luta abolicionista, p. 39. ASTE, 2019.

[8] Knight, George. Uma Igreja Mundial: Breve História dos Adventistas do Sétimo Dia, p. 136 e 137. Casa Publicadora Brasileña, 2020.

[9] White, Elena G. de. Testimonios para la Iglesia, t. 9, p. 164.

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